Un cultor del tango sutil. Hoy se dedica a enseñar


Porque siendo muy pibe, allá en mi barrio natal, Saavedra, cuna de tangueros como Tomasito, milongueros como Manolo Caamaño y cantores como Goyeneche -¡qué tal!-, se fue despertando en mí una curiosidad que me marcaría para toda la vida.


Comencé la danza jugando con mi vieja, después con alguna de mis hermanas, hasta que me sorprendió la juventud y me hicieron bailar en el Jockey Club.

Después, con mis quince años arranqué para Corrientes, de la mano de un señor, un amigo, Jorge Fernández (Bozano), otro amante del tango.


Primero fue la Richmond de Suipacha desde la puerta -por falta de menesunda-.


Después nuestra gira continuaba por la confitería Cabildo en Corrientes y Esmeralda para recalar con un cafecito en la catedral de la música, el viejo Café Nacional.

En este lugar la vida me tenía una sorpresa: conocer personalmente a Alfredo Gobbi, el violín romántico del tango.


Un día de lluvia en que había sólo cuatro personas, le preguntó al Gallego Francisco (Mozo) por una de ellas que le llamaba la atención: un chico que siempre se sentaba en la misma mesa y no se movía hasta que no terminaba el último tango.

Así fue como al salir, Alfredo me dedicó sus primeras palabras:

-Veo que te gusta el tango.

Le contesté que era mi pasión.

-Y por qué este lugar, me preguntó.

Respondí: este lugar es Buenos Aires y su música es Julio de Caro, Emilio Bardaro, Pedro Maffia, Orlando Goñi y tantos otros.

-Dijo: si tanto te gusta el tango, ¿lo bailás? Le respondí que sí.


Fue ahí que me regaló una invitación para un salón bailable de la vereda de enfrente: Sans Souci, donde también tocaba.


Allí, con mis 15 años una amiga de Alfredo me invitó a bailar mi primer tango en el centro. Después de aquél hasta estos días sigo bailando

Cadencioso. Romántico. Tiene lo que debe tener el tango: poesía. Yo lo siento así, sintiendo todo eso yo bailo el tango. No lo podría bailar con quien no sintiese exactamente lo mismo. Bailo como todo el mundo pero hay personas que al hacerlo están sintiendo estas tres cosas: cadencia, romanticismo y poesía. Es ahí donde encontrás la cima del tango. Elegante, caminado, con algo de la elegancia de Portalea, la cadencia de Pepe Dafonte. Algunas figuras del querido y recordado Virulazo. Y por qué no la sutileza para poner los pies de Juan Carlos Copes. Todo eso.

El mío es tango de salón, elegante y sutil, bailable.


Sí, las tengo. Mi vocación por el baile comenzó con Maffia y Laurenz. De Caro me gustaba mucho con su violín corneta. Hasta que por fin otro violín hizo impacto en eso que tenía yo adentro, el baile. Y ese violín me regaló su amistad pese a la diferencia de edad. Era Alfredo Gobbi.

Y en cuanto a Osvaldo (Pugliese), el hombre de Villa Crespo, nunca podría dejar de bailar un tango interpretado por el maestro. Cómo negarse a bailar Gallo Ciego, Amurado, NN, Tiny, Flor de tango, Arrabal...


Por supuesto sigo bailando y además trato de transmitir a todos aquellos que frecuentan mis clases lo que significa bailar un tango.

Un tango que se puede bailar en cualquier lugar y por cualquiera que lo sepa sentir. No el tango un tanto acrobático que se aprende en muchas academias a las cuales respeto por que son también cultoras de nuestra música, sino el Otro.