Estamos en los primeros días de Enero del año 2005, Paulina tiene una inquietud: saber cómo fueron mis comienzos en esta hermosa enfermedad que es la de bailar el tango. Nací un 13 de Octubre de 1936 en el hermoso barrio de Saavedra, y de pibe, de muy pibe, me gustó sentir el tango. ¿Por qué?, no sé, no me lo pregunten porque no sé.


            El fondo de mi casa daba a una pista de baile del club All Boys de Saavedra; en aquel tiempo, no era el All Boys de Saavedra que ahora tiene un salón, antes era una pista, una cancha de basquet, y el fondo de mi casa daba a la pista,  p por ende, por el fondo de mi casa se entraba a la pista.


            Me acuerdo que siendo muy chiquito, tendría 8 o 9 años, vino al club nada más y nada menos que Osvaldo Pugliese. Eso me marcó en un compás determinado.

¿Por qué me marcó? Porque me senté en el escenario y miraba nada más y nada menos que a Caldara y a  Ruggiero, que rompían el bandoneón contra el escenario.


            Y yo estaba sentado en el escenario, y gesticulaba todo lo que hacían ellos. Por ejemplo, ellos tocaban el bandoneón, golpeando, y yo hacía exactamente lo mismo.

De más está decirlo que me quedé hasta que terminó, y después llegué a casa y a partir de aquel día, los almohadones de mi casa pasaron a ser un bandoneón, un bandoneón que cada vez que lo escuchaba decía: éste es Osvaldo Pugliese.


Para que en mí despertase una cosa más grande del tango, mi viejo- que también le gustaba el tango- frecuentaba una peña de tango que se juntaban al lado del Banco de Préstamo: en aquel tiempo, en la calle Cabildo entre Iberá y Quesada, había un bolichito muy chiquito y ahí hacían la peña de tango.


Entre las personas conocidas del tango que frecuentaban este lugar los días jueves, venía ni más ni menos que Leopoldo Días Vélez, un hombre que se llama o se llamaba Magán, que tenía una panadería en la vereda de enfrente, una excelente persona, dos hermanos: Tito y Coco, que eran mecánicos de moto, en fin, gente muy linda.


La diferencia de edad, yo tendría en ese tiempo 9 años o 10. Pero… ¿por qué me llevaba mi viejo a mí, si eran todos hombres grandes? Porque mi viejo me escuchaba canturrear, y yo tenía un tango que era de batalla, que hoy, cuando lo escucho, digo: ¿por qué un chico de 9 años cantaba semejante letra?... porque que un chico cantase ”Caminito“ o ”Adiós Pampa mía“ o ”Fondín de Pedro de Mendoza“ lo vería bien, pero este tango que cantaba yo era tan fuerte, tan fuerte, que hoy cada vez que lo escucho digo: Piazzola, Florentino… semejante tango:… ”Cuando anoche me doblé la esquina, y en mi silencio pensé en locuras, yo soñaba solamente verla y gritarle mi rencor por su traición y hoy que la tengo en mis brazos…“ Estas letras no son para una criatura de 9 años… a quién iba a tener en mis brazos… a mi vieja! a una tía!... pero a mí me gustaba ese tango y lo cantaba. Y para colmo, no sé, decía mi viejo que lo cantaba bien, y Leopoldo Díaz Vélez también decía que lo entonaba muy bien… pero yo tenía 9 años, no es como ahora, que a los chicos se les brindan posibilidades. Antes para nada, mi viejo me las brindaba a mí porque era muy porteño, medio bohemio, de este tipo de cosas.. .pero sino no, para nada…

Y ahí comenzó mi enfermedad con el tango.

Después pasaron los meses, algunos años, mi vieja, que le gustaba bailar, pero mi viejo no bailaba con mi vieja, mi viejo era muy vivo, bailaba con las minas jóvenes, y mi vieja, como era gordita… nada.

Pero mi vieja no le hacía problema, entonces me decía: - Rulo, vamos a bailar un tango- y yo lo bailaba con mi vieja, me apoyaba en las grandes tetas de mi vieja y lo bailaba.

Así, después pasaron una tías mías que todas querían bailar conmigo, no se por qué, debe ser que a mí me gustaba tanto que hacía cosas que gustaban. Después, ya cumpliendo 12, 13 años, nos fuimos a vivir a Olivos. Ese lugar también me marcó en el tango, a pesar de que Olivos no tiene nada que ver con el tango y menos en esa zona… y bueno, pero deben ser cosas de uno, no del lugar. Nosotros nos fuimos a vivir a la calle Italia y Bartolomé Cruz, a una cuadra de la quinta presidencial y a una cuadra de la avenida Libertador, hacia el río. Más vale que ahí de tango, nada.

Pero mi viejo conocía a un señor que tenía en aquellos años una discoteca, que después con los años fue una cosa tan triste, tan triste, porque llegó con otro nombre a incendiarse, donde hubo una tragedia en la que murieron tantos chicos quemados…Keivi’s.

Antes de que se incendiase, en aquellos años, cuando yo tendría 12 o 13 años se llamaba ”Copacabana“. Este era un lugar donde venían las parejas, lo que antes se llamaba un ”night club“.

En Olivos había 3 night clubs: Copacabana, King George y Pepe Lemoco, que eran todos del mismo dueño. Este señor era amigo de mi viejo, un señor de apellido Chiape, que tuvo su historia, y no vamos a entrar en detalles de porqué tuvo esa historia, pero era un excelente tipo, yo lo he tratado, a pesar de la diferencia de edad (yo era un pibe, él un hombre grande) pero mi viejo muy boludo no era para elegir amigos.

Cada uno en sus cosas, mi viejo con las pizzas, él en lo de él, pero sabía que era una excelente persona.

Así que un día le dice:- Pablo, a tu hijo que le gusta tanto el tango, ¿por qué no me lo prestás para que me ponga la música en el night club?. Y mi viejo dijo: esta me salió redonda, palo y carambola.

En vez de estar a la noche, porque nosotros nos sentábamos hasta tarde a la noche en el verano en la avenida Libertador, nos sentábamos a mirar cómo pasaban las de entonces bañaderas, que era la gente que tomaba un micro, que le decían bañadera porque era igual que una bañadera, allá en el Congreso y venían hasta el Puerto de Olivos.

A nosotros nos gustaba, como pibes, saludar a la gente que iba en la bañadera, y nos quedábamos con mis hermanas, por ahí hasta las 12, 1 de la mañana… Y mi viejo dijo, bueno, ésta me va a salir redonda, total tiene que poner música hasta las 12, 1 de la mañana, en vez de estar en la avenida Libertador, que era a una cuadra de mi casa, que pase música.

Y así fue: comencé a pasar música. Y encuentro unos discos, nada màs ni nada menos que de Ángel D`agostino y Ángel Vargas,  grabaciones del año1940 más o menos, que eran una joya, después, con el tiempo, supe que eran una joya.

En ese momento, me gustaban y punto. Entonces qué hacía yo: Ponía a Angel Vargas, y venía el novio de alguna pareja, me golpeaba lo que ahora se llama ”pecera“, un lugar con vidrio desde el cual yo no tenía acceso hacia fuera, y me decía: -Pibe –me golpeaban el vidrio- podes poner un fox trot?- . Sí señor, decía yo… ponía fox trot… uno! y de vuelta ponía a Ángel Vargas. Y venía de vuelta ese u otro de otra parejita y me decían: -Pibe, no podés poner un bolero?.- Sí, como no… Entonces yo ponía un bolero, y detrás del bolero, ponía a Ángel Vargas. Y así fue que Ángel Vargas me fue gustando tanto.


Transcurrieron, uno o dos años más, y me invitaron a una fiesta que había en el Jockey Club (en la calle Bartolomé Cruz y Malaver). Ahí tenían el campo de deportes los empleados del Jockey Club, el cual tenía una pista muy grande. Los días domingo hacían unos pic-nic, a los que iban todos los empleados del Jockey Club.

Tenían una pista de baile muy linda y todo el mundo bailaba. Entonces, los primeros pasos… una hermana mía tuvo la idea de decir ”mi hermano sabe bailar“.

A partir de ese domingo, era todos los domingos ir al Jockey Club, y tenía una corte para bailar: de señoras grandes, de señoras no grandes, de chicas, pero de chicas, pocas, porque las chicas que venían no sabían bailar el tango… bailaban otras cosas: un fox trot, una rumba, una conga, un buggy de aquel tiempo… pero tango nada.

Entonces, transcurren los meses así, hay una fiesta de gente de teatro, que era de unos de los grandes actores que tuvo el escenario de los teatros, que fue Faus Rocha. Él tenía 2 hijas, una delgadita y una gordita. La gordita tenía cierta simpatía por mí y la madre simpatizaba conmigo porque decía que yo bailaba el tango, por ende, al ser bailarín de tango, ella me veía algunas cosas, que yo indudablemente no las veía.

Bueno, fui su bailarín predilecto. Esto se desarrollaba en una confitería que se llamaba ”Nino“. Bailar el tango en Nino era lo mismo que hoy en día en la Recoleta, en un boliche de estos modernos (hablando del 2005) que se vaya una persona a bailar tango, dicen: ¿este bicho de donde salió?.

Más o menos fue lo mismo. Pero como yo era muy audaz, bailaba tango, y a ella le gustaba, así que estaba todo completo. A pocas cuadras de ahí, en la calle Roca y avenida Libertador era una zona muy frecuentada por gente que le gustaba el baile, el bajo Vicente López, más o menos en el año 1951 o 1952…

De mi casa eran 4 cuadras, pero a mí, sacarme del río, jugar a la paleta, jugar a la pelota y nadar, que lo hacía muy bien, me gustaba mucho la natación, no me sacaban… Pero ya empezaba a aparecer en mí otra cosa, que era bailar.

Ya el tango no solamente me gustaba, sino que me gustaba bailar. Y un amigo mío, Pocho Galli, que aún de vez en cuando nos vemos (Pocho Galli tenía un hermano, Rubito; que era muy atrevido para bailar, yo no lo sabía esto) me dice:- ¿Qué te parece si nos vamos a bailar al ”Rancho Grande?-“

Para mí ir al Rancho Grande era una cosa insólita Quedaba en la calle Roca, y desde Bartolomé Cruz hasta Libertador, el primer negocio que había bailable se llamaba ”Buenos Aires“, después venía el Rancho Grande, después venía lo que nosotros le decíamos ”el Chamamé“, porque tocaban música del interior, después otra milonga, que se llamaba ”El Trébol“.

El Trébol tenía una particularidad. Ahora yo lo entiendo, pero en ese momento no lo entendía: la particularidad que tenía ¿cuál era? que las chicas que venían ahí, hacían la vida, en otras palabras, trabajaban haciendo la prostitución.

Y los hombres que iban ahí, el 90% eran los cafiolos. Eran los que venían a buscar la plata. Yo no sabía nada.

Un día voy a bailar ahí, y bailo con una chica que bailaba muy bien. Bailé un tango, dos tangos, en el tercer tango vino un compadrito y me dijo:- Pibe, ¿no te parece que estás bailando mucho con mi mujer?... Yo le comenté que no sabía que era la mujer. –Sí –me dijo- es mi mujer.

Ese ”mi mujer“ no era mi señora, ese ”mi mujer“ marcaba algo más fuerte. Lo que no sabía ese caballero era que ésa era mi zona, mi barrio, que toda la gente que andaba por ahí, la mayoría me conocían todos.

Entonces, en aquel tiempo, todavía vivía un muchacho que practicaba boxeo, que no fue un gran boxeador, pero hasta llegó a pelear por el Título Sudamericano, Tatita Fernández, él tenía la particularidad de que era tartamudo, pero era mi amigo, habíamos ido al colegio juntos, y vio el incidente, vino y le dijo:- qué-qué te pasa a vos con mi amigo, che com-compadrito, que la puta que te parió!-  y ahí se terminó la discusión.

¿Cómo se terminó la discusión?: Knock Out. El compadrito Knock Out. Porque en ese momento se arreglaban las cosas más o menos así.

Bueno, nos fuimos de ese lugar y nos fuimos al lado, al Rancho Grande. El Rancho Grande me marcó en mi vida. Porque era una milonga bastante, bastante shomería, como diría el maestro Osvaldo con Chanel, y muy pesada. Porque veía toda la gente noctámbula, buenos, malos, muy malos, de todo, mezclado era.

Pero se bailaba muy bien. Entre los bailarines que había, hoy, en el 2005 aún, perduran algunos de ellos, como El Chino Perico, antes era Perico, ahora le dicen El Chino, ahora se le cerraron los ojitos y parece un chino. Bueno, él  y un amigo de él, que era carnicero, Manolo (que verlo bailar a Manolo era ver bailar una pluma arriba de la punta de los pies, era un espectáculo, era una cosas fuera de lugar) entre ellos, también, bailaba Corchito, un muchacho que le decíamos Corchito porque era redondito y petiso, de Villa Martelli, ver bailar a Corchito… y bueno, no hay…hoy, 2005 no hay quien gire arriba de la punta de los pies como lo hacía él, era una gacela…

Después estaba El Alemán, que todavía vive; el Alemán era un bailarín más, pero era un buen bailarín, pero en esa milonga del Rancho Grande había uno que hasta el día de hoy, a veces trato cuando me encuentro con amigos de aquella época, de saber cuál era el origen y el por qué…

Había un muchacho morocho, bien delgado, la cara de el parecía un indio, mediría 1,90… 1,85. Siempre bien vestido, como se vestían en aquel momento, era la moda divito: Los zapatos de gamuza negra se abrochaban a los costados con unos brochecitos y el pantalón, y el pantalón, en vez de tener donde hoy se pone el cinto tenían una parte más hacia arriba que era como una faja, de la misma tela del traje, y la cual estaba toda llena de botones. A este muchacho le decían ”48“… Entonces, mi curiosidad de hoy (no era la de antes porque no lo pensaba en aquel momento, no lo hubiera tratado de saber) ¿Por qué le decían ”48“? Algunos dicen que porque hacía 48 pasos distintos en un tango, cosa que podría ser, porque verlo bailar… no tenía mucha prolijidad, porque él estaba en hacer figuras, pero era un gran bailarín. O le decían ”48“ porque parecía un muerto, un muerto que habla… Entonces eso no lo supe nunca. Pero que era un gran bailarín, era un gran bailarín.

Entre las milongueras, grandes bailarinas hubieron 3 o 4 que se destacaban netamente: Una era la hermana de Perico, que la llamaban como no podía ser de otra manera: La Perica. La Perica era una bailarina muy especial. No solamente por lo que bailaba, sino por cómo ponía los pies. En esa época a mi me gustaba, cosa que no se observaba mucho, mirar cómo ponían los pies.

Bailar con La Perica era como bailar solo, podías hacer cualquier figura o cualquier paso, que ella te seguía todo. Bueno, voy a contar una anécdota que tengo con La Perica, ya que vino ella a colación: Sería más o menos en el ´54 o ´55, en el club Alumni de Urquiza se hace un concurso de tango.

El que hace el concurso de tango, me encuentra a mí en una práctica que en ese momento funcionaba en la calle Monroe entre Obligado y Cuba, a la cual concurrían cualquier cantidad de chicas y muchachos, que era nada más y nada menos que una práctica ,donde cada uno trataba de hacer un paso más o de corregir, porque nos gustaba bailar bien. Sabíamos bailar, íbamos a corregir, a aprender figuras, como por ejemplo lo hacíamos en la esquina.

Nos juntábamos 10 chicos y en la calle Vidal y Arias, en Saavedra, alguien ponía un grabador y bailábamos entre nosotros, sacábamos pasos. Después lo llevábamos a la milonga, imaginate que cuando íbamos al baile y sabíamos esos pasos, las pibas que antes eran…antes vos hacías dos pasos de más y eras el rey de la noche, entonces nosotros queríamos ser el rey de la noche permanentemente, hacer dos pasos + dos pasos, eso nos exigía a nosotros mismos que bailásemos bien.

Entonces se hace el campeonato de tango, entonces le digo a La Perica:

-Perica, ¿vamos a anotarnos?

-Si! –me dice- como no!

Bueno, nos anotamos. Llegamos al Club Alumni de Urquiza donde ella iba siempre a bailar con su madre, una viejita divina.

Yo fui con el hermano del Pocho Galli, el Rubito. Cuando nosotros estábamos bailando y al muchacho que organizaba le había fallecido un sobrino, entonces él no quería bailar, pero como su novia bailaba vino a mi y me dijo:

-Che, Rulo, por qué no me haces un favor: No la sacás a bailar a mi novia, que está podrida de estar acá? , yo no quiero bailar…

-Si, bueno-  yo la saqué a bailar.

Estamos en eso, y de repente quién entra: Ni nada más ni nada menos que el Negro Portalea. Cuando entra el Negro Pontalea, yo estoy bailando con la novia de este muchacho que bailaba muy bien, le decían La Turca, son dos hermanas…todavía deben de vivir… y La Turca me dice:

- ¿Le vas a ganar a ése, vos?

¿A quién?-le digo

- A Portalea! porque el está anotado en el campeonato de tango….

-Ah sí?- le dije…

Terminamos de bailar, me vengo a la mesa, y me voy caminando a la mesa de La Perica. Y le digo:

-Perica, baila el Negro Portalea… nosotros no le podemos ganar a ese, eh?

-Ella se tenía mucha confianza en la parte de ella.

Y me dice:- No, lo mismo… Le digo

-Mirá, vamos a hacer una cosa: vamos a anotarnos en el campeonato de buggy, porque también esa misma noche había campeonato de buggy.

Síntesis: El  Negro Portalea ganó el campeonato de tango y nosotros el de buggy.

Y de ahí, ya un amigo mío, que aún hoy tengo la dicha de compartir su amistad, el tercer sábado de cada mes, que todavía nos seguimos reuniendo para almorzar juntos, un montón de amigos de aquella época, entre ellos Tomasito, Tomás Roche.

Pocho Gallli era el hermano de Rubito, con el cual yo había do a bailar en el campeonato de tango,  porque Rubito era muy compinche mío, a veces nos cambiábamos los trajes, para que pareciera que teníamos más trajes… mentira!

Como teníamos más o menos el mismo talle, él se ponía uno y se iba para un  lado y yo me ponía el de él y me iba para otro lado. Era importante como íbamos vestidos. A uno le gustaba lucirse y las chicas también eso lo miraban. Un tipo que estaba bien vestido, su camisa bien planchada, su buena corbata, sus lindos zapatitos… Bueno, entonces con Rubito nos intercambiábamos los trajes… y el hermano de él, Pocho Galli, no quería bailar en la Enramada se iba a bailar a Defensores de Florida.


La Enramada  era una milonga a la que iba a bailar mucha gente del interior, quedaba en la avenida Santa Fe, ahora hay una bailanta, al lado de la rural…

Después, yo sigo bailando, sigo bailando… me anoto en el año `53 en un campeonato de tango en el Luna Park. Ver solamente la cantidad de gente con el número, era una cosa hermosa… me acuerdo que ahí estuvieron Copes, Virulazo… de los que hoy, después, con el tiempo uno fue a conocer… Pero había mucha gente que bailaba bien…

Bueno, como separaban las categorías, yo, que tenía menos de 18 años entré cuarto… y creo que mi vieja todavía tenía guardado el numerito y una medallita de bronce que nos dieron.


Bueno, sigo bailando, hasta que pego el salto. Entre ese tiempo, yo trabajaba en una inmobiliaria en la Capital Federal, que se llamaba Bravo Barros. Hacía de cadete. Entregaba papeles a donde se alquilaban casas, se vendían propiedades… yo andaba de un lado para el otro. Entonces, el gerente de la empresa me daba unos pesos para que yo tomase el colectivo, para poder movilizarme. Entonces, supongamos: me daba $10 y yo tenía que tomar el tranvía de Maipú y Corrientes hasta Callao y Corrientes… entonces yo me tomaba el tranvía, cuando subía les decía a los gallegos de aquel tiempo (la mayoría de los guardias del tranvía eran gallegos) cuando el tranvía llegaba a libertad o a Talcahuano les decía:- Hasta Maipú y Corrientes- Y entonces el gallego me decía:

-Estáis viajando al revés! Entonces me bajaba, ya había hecho de Maipú hasta Talcahuano, y así llegaba viajando hasta donde tenía que ir….cosa de que el dinero que yo tenía me servía para ir, ni mas ni menos, que al Nacional.

¿Quién estaba en el Nacional? Nada más ni nada menos que Don Alfredo Gobbi.

El Nacional quedaba en la calle Corrientes, entre Suipacha y Carlos Pellegrini, al lado del Teatro Nacional. Los cantores de aquellos momentos eran: Alfredito del Río y Tito Landó. Entonces, yo iba todos los días, porque con esos pesitos que yo no pagaba boleto, podía tomar el café… y me había agarrado una cosa de ir todos los días a las 4 de la tarde a tomar mi café y a escuchar mis buenos tangos.


Un día de lluvia, había poco público. El mozo que atendía siempre era el mismo, un gallego, yo siempre me sentaba en la misma mesa.

Se conoce que este día que había poca gente terminaron de actuar Alfredo Gobbi, y cuando va bajando del escenario, le pregunta al mozo quién era ese pibe que se sentaba siempre en la misma mesa a escuchar tango.

Y el gallego le dijo: - y, un pibe que le gusta el tango…

Entonces pasaba Alfredo por al lado mío y me pregunta:

¿tanto te gusta el tango?- Le digo: -

Me enloquece… y me dice:

- ¿y bailás?.

–Si!- le digo… -¿pero a dónde bailas?     Y Le digo:

- y… en los barrios, así y así… 


Me dijo si no quería entrar en el Sans Souci.

-Sí, cómo no! –le dije.


El Sans Souci quedaba en la vereda de enfrente, era una milonga.

La manzana era así, más o menos te voy a decir de Corrientes, desde Carlos Pellegrini a Suipacha: El Trust Joyero, el Café Nacional, El Teatro Nacional, Una Óptica, que no me acuerdo el nombre, una sastrería muy bacana y en la esquina estaba Cervantes, una gran sastrería en aquellos días; la sastrería Cervantes era muy conocida por el estilo de ropa que se hacía… entre el estilo que tenían estaban las hombreras.

En la vereda de enfrente, en Carlos Pellegrini y Corrientes estaban los ”49 Auténticos“, que vendían los trajes con 2 pantalones, al lado había una pizzería.

Sans Souci estaba justo en frente del Teatro Nacional.

Ahí me lleva Alfredo Gobbi, me hace entrar Alfredo Gobbi, porque si no tenías 18 años no podías entrar en ningún lado. Entonces entro en el Sans Souci.


A partir de ese momento de la zona céntrica no me movía. Tenía la suerte de que yo era un pibe muy seriote y nunca andaba con barra, siempre andaba solo, entonces iba a bailar a la Nobel, a la calle Lavalle, entre Suipacha y Esmeralda, iba a bailar al Dominó, en Esmeralda entre Corrientes y Lavalle, a Novelti, también en el primer piso de Lavalle… Y entraba porque era muy seriote, entonces parecía que tenía 18 años.

En aquel tiempo era muy importante tener 18 años.

El Sans Souci se caracterizaba porque la milonga era Lunes, Miércoles y Viernes  de las tres de la tarde hasta las ocho y media, era un ambiente, después de las nueve de la noche, era el ambiente noctámbulo.

Yo no tenía nada que ver, no me gustaba ese lugar, pero a la tarde sí me gustaba.

Tenía menos de 18, y, la verdad, me tocaba bailar con las mejores milongueras… entre esas mejores milongueras, una chica que se llamaba Flora, que era gitana y a ella le gustaba mucho bailar conmigo… y nos conocimos, a diferencia de edades, tuvimos un pequeño romance de amigos, era una excelente tipa, una mina muy ubicada, sabía que yo era un pibe…

Después se diría que era un amor platónico el nuestro (de parte de ella, yo no quería amor platónico, pero bué, estaban dadas las cosas así).


Después me dediqué a bailar por todas las milongas del centro, pero me gustaba también frecuentar los clubes de los barrios, que eran para mí también muy importante.

Ir a Atlanta era un placer, ir al Oeste era un placer, ir al Buenos Aires, era un placer.

Los mejores milongueros  de aquella época bailaban en el Oeste, en Atlanta, en el Buenos Aires, por decirte algunos de ellos. En Vélez Sársfield también se bailaba muy bien.

En la zona de Florida se bailaba muy bien, muy buen tango, en el club Defensores de Belgrano, Defensores de Florida, Juventud de Florida, que era frecuentado por grandes milongueros y grandes milongueras, algunos todavía siguen bailando.

Ahí yo vi bailar a Copes, a María Nieves, su compañera de toda la vida y a la hermana; la hermana era mejor bailarina que ella. Ahí lo vi bailar a Lechuguita, que era un pibe flaquito, flaquito, que incluso tuvo intervención en películas cinematográficas, con Toscanito, la barra de la esquina, una película que hizo Castillo.

Ahí trabajaba también. Lechuguita era un pibe delgadito que parecía un jockey, pero bailando tango era un espectáculo. Le gustaba hacer figuras, el hacía un paso tras otro, cada uno tenía su estilo y a él le gustaba bailar así. Un buen bailarín.


En el Oeste, era otro tipo de tango. A la gente le gustaba bailar un tango más estilizado.

En el Buenos Aires también se bailaba un estilo más estilizado. No así en Atlanta. En Atlanta era paso tras paso.

Un de las grandes bailarinas que salió de ahí era la hermana de Oscar Héctor, Haydeé. Era una de las mejores bailarinas de aquellos días, donde Cantinflas era un espectáculo, donde el Negro Charola era otro espectáculo.

El Negro Raúl también, grandes bailarines de aquellos momentos, de ese lugar… lo que pasa es que uno era más joven y estaba en otro… para los bailarines grandes nosotros no existíamos, los pibes no…

No es como ahora, que uno ve bailar a un pibe de 17 años y es muy buen bailarín, yo, por lo menos no tengo ningún empacho en ir a decirle ”te felicito, esto es lo que se debe hacer“.

Antes había un pibe que bailaba muy bien y los bailarines grandes, si podían le daban una patada mientras bailaba y sino, trataban de que se fuese de la milonga. Eran bastante jodidos. Cosas que nosotros no hacemos hoy.

Yo, a esta altura de mi vida me encanta ver a la juventud bailando, y aparte, no tengo ningún empacho en decirlo, son grandes bailarines. Ellos no, nos veían bailar a nosotros y decían ”estos mocosos atrevidos…“

Cuando bailábamos en la Enramada siempre nos hacían a un costado porque no querían que bailáramos entre medio de los grandes. Y bailar el tango entre los grandes era un poco una insolencia.

Hoy la juventud baila en todos lados y nosotros no le decimos nada, los milongueros de ahora no tenemos ningún problema en que los chicos bailen. Pero en aquellos tiempos ellos sentían que nosotros estábamos como usurpándoles un lugar que era sacro.


Después surgieron las milongas de los veranos. Eran tremendas. Había un club, el Centro Lucense en Olivos. Era a la tarde, empezaba a la mañana, pero el tango empezaba a la tarde, a eso de las dos de la tarde hasta las ocho de la noche. Tenía una característica:  Cuando un chico estaba bailando con una chica y estaban muy juntos, había unos gallegos (que no sé de dónde carajo sacaron unos gallegos tan petisos) para que anden entre la gente en la pista y que golpeaban las manos diciendo: - vamos, abriendo!!- Cosa de que nos separásemos.

Pero también en aquellos días, había unas milongas en San Isidro que se llamaba ”El Don Juan“, ”Los Naranjos“, donde se bailaba muy muy bien el tango, y donde iban todos los milongueros de Buenos Aires los días domingo.

Esa milonga empezaba a las nueve de la mañana y terminaba a las nueve de la noche. Para tomar el tren en Barrancas de San Isidro y venirse a Buenos Aires a las siete de la tarde, bueno, era increíble, ni de un partido River- Boca salía tanta gente.

Aparte iban a la playa a jugar a la pelota, los chicos, las chicas.

Pero lo lindo de todo eso era ver las milongas, las milongas eran infernales, eran impagables. Y de ahí nos veníamos para el Rancho Grande, donde teníamos que continuar el día.

Si vos me preguntás de dónde sacábamos tanta vitalidad, yo no te puedo decir… Empezábamos así: El día Sábado íbamos a bailar a cualquier lugar, y después recalábamos en el parque Retiro, donde hoy está el Sheraton, porque tenía una milonga que se llamaba ”La Terraza“,  donde aterrizaban todos los milongueros.

¿Y qué sucedía ahí? La mayoría de las chicas que venían a esa milonga, eran chicas que hacían la vida, pero bailaban muy bien, y a nosotros lo que nos gustaba era bailar bien, pero siempre se organizaba ahí un pic-nic.

A la salida de la milonga nos tomábamos un tren en Retiro y nos íbamos todos a San Isidro. Terminaba la milonga a las cuatro y media, íbamos a tomar un café con leche en la vereda de enfrente del parque Retiro, en Libertador, había un bar viejo, que vos ibas a tomar un café con leche y veías como caminaban las ratas entre las botellas, era una pizzería vieja.

O nos íbamos a tomar café con leche a Juan B. Justo y Santa Fe, y ahí tomábamos el tren que nos llevaba a las barrancas de San Isidro.

Ir a las barrancas de San Isidro era un placer. Cuando llegábamos ahí, lo primero que hacíamos, porque se alquilaban unas mesas que tenían sillas a los costados y era como un box, estaban hechos como boxes de ligustrina.

Entonces, mientras las chicas cocinaban, nosotros dormíamos, porque estábamos sin dormir. A una hora determinada los decían: bueno, está la comida… Entonces comíamos asado, bien hecho, mal hecho, eso no tenía nada que ver, pero sí, a las dos de la tarde, cuando en Los Naranjos ponían la comparsita que arrancaba la milonga…

¡aay padre querido!... Lo que era Los Naranjos! Porque..¿ cuál de todos bailaba mejor?… Los Naranjos era una confitería hecha a continuación del andén de la estación, del andén de la estación se pasaba por un pasa por un pasadillo de madera que entraba en una confitería que tenía todo el piso de madera. Ahí se bailaba.

La hija del dueño se llamaba Inés, que después, con el tiempo fue la mujer de un gran amigo mío, El Negrito Luna, que también bailaba como los dioses, pero que no había que sacarla a bailar porque estaba en la caja. Y el viejo, que era un gallego jodido, la marcaba, y la piba no podía bailar, pero le gustaba, era una gran bailarina.

Ahí bailábamos toda la tarde y nos íbamos para la otra milonga: El Rancho Grande.

Empezábamos el sábado a la noche en la milonga que fuese, que nos gustase, que podría ser suponte en Les Ambassaders, que por ahí uno tenía una noviecita, o una piba que te gustaba que iba al Les Ambassaders, pero después recalábamos en La Terraza, donde estaban las putas, que bailaban el tango tango, y después nos íbamos a San Isidro, a las dos de la tarde a Los Naranjos, y de ahí al Rancho Grande en Vicente López.

El Rancho Grande terminaba alas cuatro de la mañana del Domingo, a las cuatro de la mañana no había mucha gente, pero había.

Bueno, de ahí, como yo vivía a cuatro cuadras me iba para casa. Pero era un raid.


En ese tiempo, el maestro Carlos Di Sarli vivía a la vuelta del Rancho Grande, en la avenida Libertador, al lado de la 1ra. De Vicente López.  Y Don Carlos Di Sarli, en más de una oportunidad iba a la comisaría 1ª a pararle la biaba a uno que estaba cobrando, porque se oían los ruidos, los gritos se sentían, y entonces Carlos Di Sarli iba ahí a que no le pegaran… Ese era Don Carlos Di Sarli, amigo de mi viejo.


En la casa de él iban a escucharlo cuando iban a ensayar algunos cantores, en ese tiempo iban a ensayar Rufino, y nosotros nos parábamos en la puerta  a escucharlo cómo cantaba. El maestro con un bandoneón y el piano y Rufino cantando, que era un pibito.


En aquellos años era muy lindo el tango… y sigue siendo muy lindo el tango, al extremo de que hoy es día 5 de enero del 2005 y la verdad, estamos a mil metros sobre el nivel del mar, frente a la sierra en Córdoba… pero…¡Cómo me gustaría bailarme un tango!

Y le comentaba a Paulina: anoche soñé con la extensión de un paso, y sin darme cuenta, en la playa me puse a hacer la extensión del paso… cosas que uno tiene… me gusta bailar, la vida mía me gustaría… yo quisiera bailar todos los días, y esto lo saben mis amigos y mis amigas.

Yo no soy una persona que voy a un lugar y hay 20 chicas, amigas, no una milonga, una reunión y hay 20 chicas que bailan tango y todas me dicen: bailamos? y yo no les digo no, yo bailo con todas y bailo 20, 30, 40, 50 tangos y no tengo problema.

Eso es porque me gusta, me sobrepasa, éste porque es Di Sarli, el otro porque es Troilo, el otro porque es Caló y el otro porque es D`arienzo… menos Biaggi, eh?... Que me perdone Manobruja, que me perdone Canaro, pero yo ahí no estoy.




Que curioso hablar de tango mirando para arriba acá tenemos las cordilleras, las montañas, el contacto con la naturaleza… hablar de tango es un poco curioso. Pero hace un rato, en un momento que se me hizo de soledad, que Paulina fue a ver un poquito de agua pensé: Cómo habrá estado la milonga el martes y el miércoles, porque es algo que uno lo vive…

¿Cómo eran antes los bailes? Los estilos… no era lo mismo el estilo de los que vivíamos en la zona norte que el de los que vivían en la zona sur.

Tenía mucha similitud el baile de Urquiza, Saavedra, Vicente López, Olivos, porque había mucha muchachada que bailaba tango… y si vos me decís: ¿y más al norte? Y yo te diría que era totalmente distinto, porque, en los pocos momentos que yo he disfrutado y he tenido que ir a la zona norte, que ha sido a San Isidro, al Deportivo Beccar, era un baile más bien D`arienzo, pero un D`arienzo picado, un D`arienzo del año `50, muy bravo para bailar aquellos que teníamos otro estilo. Estaban los muchachos que lo bailaban muy bien, y uno trataba de no desentonar.


En Villa Urquiza tenían la similitud de la zona norte, porque geográficamente está hacia el norte. Urquiza tenía  4 o 5 lugares donde se bailaba bien: Sin Rumbo, Pinocho, Sunderland (Sunderland más o menos, el auge de Sunderland no es de aquel tiempo sino de ahora)

Estaba el Alumni de Urquiza, el Social de Urquiza, que era otra cosa, no tenía nada que ver con las milongas- milongas de Urquiza, era muy popular y los muchachos que bailaban mucho tango no eran muy populares, porque en el salón de Urquiza no había sólo tango sino también las orquestas de jazz.

Saavedra y Urquiza eran el mismo estilo, aunque Saavedra no tuvo muchos bailarines, la mayoría de ellos eran los que concurrían a las milongas de Vicente López y en el verano a las de San Isidro, pero siempre bordeando el agua… porque estaban los recreos.

Pero en Saavedra no hubo un milonguero que se destaque.

Nosotros, que éramos seguidores de Osvaldo Pugliese y de Alfredo Gobbi estábamos en todos lados, porque había barras que se identificaban, porque eran gente que donde iba Osvaldo Pugliese, iban.

Es más, había una barra , que era la famosa ”barra del Fósforo“, que eran unos muchachos que seguían a Osvaldo a todos lados, y les decían el fósforo porque en la solapa, ¿viste que tiene un ojal el saco? Ellos se ponían un fósforo.

No sé, era como una identificación… Osvaldo es nuestro o nosotros somos de Osvaldo, una cosa así.

En la época que Osvaldo estuvo prohibido, ellos igual usaban el fósforo. Y se buscaban los lugares, porque había lugares que ponían mucho más Osvaldo que Caló, bueno, esos lugares estaban identificados, y a esos lugares iba la barriada, los chicos, bah.. los muchachos.

También estábamos los que éramos hinchas de Alfredo Gobbi. Alfredo Gobbi tenía una  particularidad: iba mucho al Tigre Hotel, y él formaba un binomio con Oscar Alemán. Entonces, ir al Tigre Hotel con Alfredo Gobbi y Oscar Alemán era un placer.

Pero él no salía de la zona norte, no se lo conocía como un músico de la zona sur, sí a Oscar Alemán, que era más viajero.

Alfredo Gobbi no, llegaba al centro y del centro al norte, siempre tirando hacia el norte.


Alfredo Gobbi tenía su barra también… era el músico de una forma de bailar muy sutil, no le gustaba el baile picado, le gustaba más el baile que fuese armonioso, cadencioso, con mucha pausa, quizá con más pausa que con Osvaldo de aquellos años.

Esa era una barra de muchachos que nos veíamos muy frecuentemente. Digo nos veíamos porque yo… para mí, bailar con Alfredo Gobbi siempre fue una cosa que me llenó mucho, no era lo mismo bailar con Gobbi que bailar con Troilo, sin desmerecer que con Troilo me gustaba, pero era otro estilo.

El estilo del centro fue una cosa que apareció así como aparecen las cosas muy fugaces, porque se mezclaban todos los estilos en el centro. Se mezclaban los muchachos que venían de San Isidro, de Tigre, de Liniers, del norte.

Donde no había mucho bailarín era en el sur. Cuando digo ”el sur“, no estoy nombrando la parte de Avellaneda. En Avellaneda había muchachos que bailaban muy bien entre ellos. Bueno, todavía lo tenemos a Carlos Gavito, el Gran Gavito, mi amigo, y también al Pibe Sarandí, a Ricardo, también mi amigo, que estoy seguro que cuando esta grabación llegue a Europa, van a acordar que estos son dos grandes exponentes del tango en Buenos Aires y todavía tienen vigencia, y mucha vigencia.

Pero no eran la mayoría de ellos los que venían a Buenos Aires. Buenos Aires tenía un caudal de bailarines propio: todos los bailes se llenaban, y eran muchachos de Buenos Aires. De afuera eran muy pocos.

En el centro, las confiterías estaban llenas, la calle Corrientes estaba llena, Suipacha, Esmeralda, Lavalle. Había confiterías bailables en todos lados. En todos lados se bailaba tango. Cada uno tenía su estilo, no se podía decir ”el estilo del centro“, como hoy se trata de titular. Hoy 2005, Enero, se trata de titular como un baile de centro, cosa que no existe.


Los Caló son dos hermanos, Miguel  y Roberto. Miguel tenía la particularidad de tener unos músicos como Enrique Mario Franchini, Armando Pontier. Y tenía la suerte de tener un cantor como Raúl Verón, cuya familia aún hoy no tiene un reconocimiento; entonces a ellos se los seguía mucho, es decir que cuando ellos tocaban en Urquiza, a la gente le  gustaba escuchar a Raúl Verón. Entonces, nos íbamos con Raúl Verón. Y cuando querían escuchar un músico como Enrique Mario Franchini  o Armando Pontier, entonces, bueno, lo seguían. Pero no tenían una barra definida.

Lo mismo sucedía con Alberto Castillo cuando formaba el binomio famoso con Ricardo Tanturi. Castillo también tenía su barra, era muy concurrido.

La única vez que vi cortar el tránsito fue con lo de Osvaldo Pugliese, cuando le dieron la libertad.

Osvaldo estaba preso y la orquesta tocaba sin el piano. Que curioso… fue acá en Córdoba, en Río Cuarto. Arriba del piano estaban las rosas rojas. Y fue acá en Río Cuarto donde se hizo una de las multitudes más grandes.

Cuando le dan la libertad, el jefe de  policía de Córdoba no lo quería tener preso, pero el régimen militar se lo imponía, por su condición de militante comunista.  Entonces se hace en Buenos Aires el recibimiento. ¿Y en dónde lo vamos a hacer?, uno estaba expectante, nosotros queríamos que Osvaldo tuviese su recibimiento, pero ¿dónde?

Algunos decían que iba a ser en Les Ambassaders, que era un club que quedaba por allá, por donde está el club Gimnasia y Esgrima, cerca de los bosques de Palermo, hoy ya no existe más.

Como Osvaldo era un hombre popular, dijeron: si Osvaldo es un hombre popular, tiene que ir a un lugar popular. Se eligió San Lorenzo.

Por la avenida La Plata no se podía pasar, no había colectivos que pasase. Me acuerdo que en la esquina de avenida La Plata y Las Casas (creo que era Las Casas, una que atravesaba) había una famosa pizzería. Yo creo que la estancia ahí, era obligatoria.

Osvaldo, ese día, empezó a tocar temprano, creo que se le acalambraron los dedos, porque era: otra, otra, otra y otra y no  terminaba nunca. Y el Flaco Morán, que no daba más, porque también tenía que hacer su parte, pedía que no pidieran más temas cantados por él, porque no daba más. Esa fue una noche inolvidable, por lo menos en mi vida. Esto fue  por el ´57 o ´58 más o menos, porque estaban los militares.

Ese día el maestro nos regaló todo, pero nosotros también, los milongueros de  Buenos Aires también le dimos ese día todo, y las milongueras también, porque cada cual de todos quería bailar mejor. Fue un día inolvidable. Esos días en la vida, que pocos días se pueden disfrutar tanto. Vos encontrabas milongueros y milongueras de todo Buenos Aires. Estaban ahí, donde estaba el maestro.


En el centro estaba Dominó, que tenía entrada por Esmeralda y entrada por Lavalle, estaba al lado del subte.

Después estaba la Nobel, en Lavalle. La Novelty… Después teníamos en Corrientes, entre Suipacha y Carlos Pellegrini, la Sans Souci. 

Siguiendo hacia arriba,  estaba el Marabú, el Tibidabo y el Tabarís. Esos lugares con los que nosotros no teníamos nada que ver: porque  ahí recalaba gente con otro poder adquisitivo, otro tipo de gente. Eso era un cabaret, que a nosotros no nos interesaba. Nosotros estábamos en demostrar nuestro baile, nada de… cabaret era otra cosa, a veces uno iba por Troilo, por escuchar a Rivero, pero tenías que tener un buen poder adquisitivo, cosa que mi caso no era.

En la calle Paraná entre Corrientes y Sarmiento, estaba el famoso cabaret donde le hicieron un tango al príncipe… el Chantecler era. Ahí iban los caros. Entre toda  la gente que iba ahí, había un personaje de la noche de Buenos Aires que decían que era  príncipe y  que era cubano. Por eso es que también, inclusive hubo un poeta que le hizo un tango, que tocó D´arienzo y lo cantaba un cantor ya desaparecido: Jorge Valdéz.

Lateralmente a la calle Corrientes había muchas milongas, que no eran lo mismo… Salón La Argentina…

Desde la Calle Maipú hasta Callao había  más o menos veinte confiterías bailables, y todas llenas. El tango tenía un auge tremendo. Los días lunes, miércoles y viernes, el Sant Souci, de tres de la tarde a ocho y media de la noche era un repleto total. Si no te conocían, ya  a las tres y media no entrabas.

El tango tuvo la suerte de tener buenos poetas y buenos intérpretes para que también incursionen en el tango, en el teatro.

Suponte  que en el Teatro Maipú, estando Adolfo Stray, Olinda  Bozán,  Nélida Roca, Alfredo Alaria, había un cantor de tango que cantaba con dos bandoneones, que  era un espectáculo escucharlo solamente.

Yo, en esos años, para poder frecuentar las milongas hacía de clac clac era que tenías que aplaudir antes que el público, entonces nos daba $30 de aquel entonces y nosotros teníamos que aplaudir. Conocíamos tanto el libreto que arrancábamos aplaudiendo y el público aplaudía atrás. Eso sucedía en el primer piso del teatro Maipo.

Ahí conocí a este cantor y a estos bandoneonístas que, con el tiempo, con uno de ellos tuve amistad, Barletta.

Barletta era un bandoneón que me acuerdo que una noche, grabando la película Sur, con Goyeneche, nadie podía darle el tono y tenía que cantar la última de las cantantes de Troilo, la uruguaya, Nelly Vázquez.  El único que pudo darle tono fue Barletta. Pero como se grababa de noche, era en invierno y era muy tarde, Barletta tenía tanto frío que dijo que no le convenía pasar tanto frío para ganar lo que le iban a pagar. Y cerró el bandoneón y se fue.


Después llegaron las milongas. Una cosa eran las confiterías bailables y otra cosa las milongas, totalmente distintas. Después llegó el auge, a partir del año ´96, ´98, felizmente, porque hace 20 años nosotros teníamos miedo que el tango muriese. Cuando digo ”nosotros“  digo gente que tiene muchos años de baile. Nos sabíamos encontrar, por ejemplo, en  Canning, que es una milonga famosa. En aquellos años, para entrar a Canning, ya tenías que conocerlo, porque sino no podías entrar. Es decir, era tanta la gente que había que ya no podía entrar uno más.

A veces decíamos, en mesas de muchachos, que algunos de ellos ya no están, ¿qué va a pasar cuando vayamos desapareciendo? Y todos decían: y, morirá el tango!

Pero no fue así, felizmente.

Fueron apareciendo chicos, fueron  apareciendo lugares donde se enseña, algunos enseñan un tango, otros enseñan otro. Eso de que uno es mejor que otro, que lo diga otra persona, porque yo tengo un concepto de esto: Si a mí me tendrían que decir cómo era yo cuando era pibe, cuando tenía 16, 17 años, en la milonga, yo diría que era un atrevido, porque yo trataba de hacer paso más paso, más paso, porque me gustaba hacerlo.

Y hoy los chicos tienen eso. Quizás se olvidan de la pista, y quizás yo también me debo haber olvidado de la pista. Yo quiero la pista. La quiero para mí, imaginate lo que sería cuando uno tiene 16, 17, 18, 20 años. Entonces es por eso que los justifico a los chicos. Algunos van a ir aprendiendo, otros no, pero la mayoría aprenden.

Hay unos códigos que en la milonga todavía tienen vigencia, y ellos los van respetando. Eso es lo lindo del tema. Como también es lindo, por ejemplo, la gente que viene de otros países del mundo, van aprendiendo esos códigos. En su mayoría no, porque el baile de Europa es un baile de pista muy desprolija, entonces vienen a Buenos Aires y eso no lo corrigen, pero llega un momento que lo corrigen porque  la misma corriente de gente bailando los va corrigiendo, aunque les cuesta barbaridades. Ellos prefieren hacer su baile a costa de que, de repente, no es el adecuado, pero, ¡qué va a hacer! ¡Después de todo, es el tango! Y nosotros, los argentinos, agradecidos.

Que se baile muy bien, bien, regular o mal, tenemos que estar agradecidos porque la difusión del tango sigue. Muy mal no, porque no hay una persona que lo baile muy mal. Y mal son pocas. Lo bailan regular, y ellos mismos siguen frecuentando los talleres de tango, siguen frecuentando los lugares donde  van  a enseñanzas particulares y grupales. Eso significa que algo lo quieren. Ya que ellos lo quieren, nosotros se lo brindamos. Esperamos brindarles lo mejor.


Bueno haciendo referencia  a las de Retiro había una que ya te la nombré anteriormente: La Terraza. La Terraza era un lugar de muy buen nivel de baile.

Después había ahí mismo, dentro del Parque Retiro, un salón muy grande, que un día hubo una pelea que empezaron entre dos marineros, y en un momento dado, a eso de los 20 minutos eran 300 contra 300. No sé si eran argentinos, era un quilombo que no se entendía nada. Se llamaba Parque Retiro, porque estaba adentro del parque; La Terraza era La Terraza porque era un lugar hacia arriba. Lo otro era un  salón grandísimo, casi todos marineros, estaban los marineros argentinos, los conscriptos argentinos, los marineros que venían del exterior (en ese tiempo había mucho auge de entrada y salida de barcos extranjeros). Ese era un lugar donde los muchachos tenían su levante, su rebusque, por decirlo de alguna manera.

También había en Córdoba y Leandro Alem, una milonga, que no era una milonga- milonga, era más bien un ”patio guaraní“… ¡amigo, lo que era eso! Ese lugar era muy famoso por las chicas, los muchachos que venían del el interior, y Leandro Alem, a esa altura, desde lo que hoy es el Sheraton hasta Córdoba era una calle que, de este lado, era semioscura y del otro lado estaban la famosa Recova. Era un pasadillo de putas tremendo.

Era la calle del pecado, una  prostitución tremenda que iba y venía, no se cuántas mujeres había ahí, cuántos muchachos, colimbas, gente que venía desde el exterior en barco, toda esa historia… todo eso sucedía en Retiro.

En la vereda de enfrente, mirando en diagonal de lo que hoy es el Cávanagh  hacia la Capital Federal, no hacia Cerrito ni hacia el sur, sino hacia el noroeste, hacia Libertador, un poquitito a la izquierda, ahí también había una milonga. Y también… ¡que milonga! El Palacio de las Flores. ¡Los días jueves, hermanito, había que hamacarse!. Y se llenaba: repleto.

En la zona de Vicente López a Olivos había muchos clubes, entidades  españolas: El Corcuvión, El Centro Español, El Covadonga, El Trovador, El Centro Lucense, todos esos eran bailes españoles, que bailaban nada más que paso doble, pero aún así ponían versiones, suponte, los que bailaban tango y jazz, como así se intitulaba lo de antes. Tenían otra pista aparte. Se mezclaban un poco los ruidos, te podés imaginar que un club no era muy grande, no como el Centro Lucense que tenía dos pistas para tango y jazz, una cubierta y una descubierta.

A las otras entidades se les juntaba la música, pero, el paso gallego, por ejemplo, se bailaba. Abajo se bailaba todo el folklore español y arriba en un salón, se bailaba tango y jazz. Y te puedo garantizar que se bailaba. Es como si lo estuviera viendo ahora. Yo vivía a metros de ese club. Y a metros de otro club que se llamaba El Corcuvión, era una asociación, sería un pueblo de España, me imagino yo.

Pasaba algo curioso: por ejemplo yo salía, me iba a bailar un día sábado, y como era lógico, pasaba todo el sábado a la noche en las milongas y recalaba en casa. Después de tomar un lento café con leche o según donde fuese, generalmente en el Puente Saavedra, en un lugar que se llamaba Café Avenida…En ese café tuve la suerte de ver cantar a Marino, de tocar a José Basso.

Bueno, en ese café tomaba el café con leche y tomaba el colectivo para mi casa, yo vivía en Olivos, era una cuestión de que llegaba, suponte, a las siete, y a las ocho, cuando vos más o menos estás entrando para tu sueño…¡ empezaba la gaita!

Te imaginás los gaiteros, de un lado y del otro, ¡era algo de terror! Me acuerdo que yo les pedía a mis hermanas algodón, y me lo ponía en los oídos, pero aún así pasaba, porque el sonido chillón de la gaita era tremendo.

Pero a la tarde me gustaba ir a bailar unos tanguitos. Generalmente me conocían, no tenía gastos de entradas, entonces me bailaba unos tanguitos y después seguía.

Seguía, ponele, para Vicente López. Me encantaba ir  a la tarde al Velero y al Qué Amor que eran dos confiterías.  El Velero era una confitería que, en aquellos años tenía una pasarela para entrar (como el Club de Pesca ahora, pero entraba mucho más adentro del río) Se llamaba El Indio, la confitería se llamaba El Indio. Y lo que daba a  tierra se llamaba el Velero. Supongo que eran las dos cosas del mismo dueño.

En el Velero, a la tarde, se bailaba, domingo a la tarde.  Era tan lindo ver las pibas, los chicos… y nosotros que éramos pibes… íbamos al río y después nos íbamos a duchar y nos poníamos una camisita, un pantaloncito, unos mocasines y nos íbamos a la milonga: al Velero o al Qué Amor. El Qué Amor y el Velero se diferenciaban: el Velero era más juvenil, todos pibes de 21, 22 años, 23, pero el Qué Amor ya eran muchachos grandes, mujeres grandes.

No es que se bailaba mejor, ni mucho menos, simplemente  que eran un poquito más grandes. Esto era más o menos hasta las ocho, ocho y media.

Como de esa zona a mi casa eran 5 cuadras, me iba caminado a casa, comía algo y otra vez a la milonga! ¿A dónde? Al bajo Vicente López.

A veces no iba a comer a casa, porque tenía un amigo que era español, había nacido en España. Pepe Álvarez se llamaba el muchacho. Su padre había comprado un restaurant, una parrilla pegada al Qué Amor.

El no sabía bailar, pero le gustaba ir al baile. El problema era cómo se escapaba, porque él laburaba, ponía e hombro, como eran esos galleguitos que vinieron acá, vinieron a laburar, no a joder.

Él me pedía muchas veces que le enseñase algún pasito, algo… Y principalmente que fuésemos juntos al baile, a él le gustaba mucho ir conmigo al baile.

Yo pasaba por ahí y le decía:- Bueno, ahora te paso a buscar, que me voy a casa a comer-

Y me decía:- No, no te vayas, no te vayas a comer, ¿por qué no te comés un pedacito de asado acá?  Dale, comé un pedacito de asado mientras yo trabajo un poquito y después nos vamos a la milonga.-

Muchas veces me quedaba a comer un pedacito de asado, un choricito, y después nos íbamos a la milonga. Entonces, yo me acuerdo que le decía:- Pepe, sacá a bailar a tal mina- porque no bailaba muy bien, y él tampoco, pero la chica quería bailar y él también, y entonces eran dos personas que querían bailar y entre dos personas que quieren bailar, generalmente se puede llegar a un  entendimiento. Los que bailaban regular, bailaban con los regular, igual que ahora.

De los clubes de los barrios, yo te puedo hablar de Saavedra. A pesar de que Saavedra no tenía una banda muy muy de milongueros, no había muchos milongueros, estaban los hombres grandes y los pibes jovencitos.

Los hombre grandes no iban a los clubes, iban todos al bajo Vicente López, porque tenían más levante, más rebusque. En el Bajo Vicente López había muchas chicas de la noche, te estoy hablando del Rancho Grande,  del Buenos Aires, no del Velero, que a la tarde eran todas pibas. No, a la noche ya era otro clima el que había.

Entonces, a los bailes de los barrios ¿quién iba? Iban los pibes del barrio… y ¿quién bailaba tango? Diez, los demás eran todos hombres grandes, matrimonios.

Entonces, íbamos por ejemplo al Juventud de Saavedra, que no eran muchos los chicos y las chicas que bailaban, porque ellos mismos se iban para otros lados…

La Enramada, en Palermo, ¡qué milonga, mamita querida! La Enramada tenía una cosa muy característica: en aquel momento resultaba algo medio gracioso, pero ahora que uno tiene unos años, lo ve como una cosa de una torpeza tan grande, una cosa muy fea… pero en aquellos años uno era joven, miraba las cosas de otra manera.

Había un perfume que se llamaba Atkinson lavanda“. Y Atkinson tenía 2 colores, el color rojo era más fuerte, para los hombres, y el color amarillo, que era más suave, que era para las mujeres. Entonces, ¿qué hacían? Se ponía en la entrada una mesa con una botella gigante y en la puerta había un muchacho de color que era el encargado de ”perfumarte“ con una tetona tan grande, que cuando apretabas, según la cara que a él le gustaba o no, te bañaba…

Entonces vos sacabas la entrada, en la puerta, se la dabas a quién se la tenías que dar y tenías que pasar sí o sí por al lado de él. Si él te veía cara de transpirado te decía:

- ¡a ver! ¿querés un poquito de perfume?-

A mí no me lo hizo nunca, no sé por qué, pero te ponían ese perfume, y era un olor que tenías todo el día… Imaginate: 400 o 500 personas con ese perfume adentro y la transpiración…no era nada agradable. Esa era la Enramada.

Después estaba el Cacuí, que era todo de música del interior, no pasaban otra cosa.

El Palermo Palace es una institución, ahí cantó Ángel Vargas, tocó Eduardo del Piano, no se cuántos más… Raúl Caló. Eso era muy lindo también, yo no lo frecuenté mucho porque no me gustaba, pero…Después tenés que venir para Villa Crespo.

En Villa Crespo sí que había tango, ¡amigo, había que bailar ahí! En el Atlanta, por ejemplo, había que bailar para estar en esa pista.

En la calle Córdoba estaba un club que estuvo hasta hace poco: Villa Malcom. También había que bailar para entrar ahí.

Después estaba Chacarita, que en ese tiempo lo regenteaba el finadito Montesuma. En Chacarita había que bailar. También, para ir tenías que bailar, sino, no vayas que te quedas parado toda la noche.

Había una milonga que estaba en la calle Jorge Newbery, de Corrientes, no sé si era a una cuadra, pero que también se bailaba muy bien. Fui dos veces, nada más. Se bailaba muy bien.

En Chacarita no había muchas cosas, como no había en Belgrano.

En Belgrano no había nada, lo mejor que había eran las prácticas de la calle Monroe, eso era… aún hoy viven los muchachos que iban ahí: El Alemán, que iba todos los martes, el Corcho, en fin, había muchos muchachos que iban ahí.

Te voy a contar una anécdota que me pasó estando yo de novio con una chica que después fue la madre de los chicos míos.

Ella vivía en Palomar, entonces yo tenía que tomar un colectivo que venía a Chacarita. Me tomaba el colectivo, pero como hacía frío me sentaba  atrás, era un ómnibus, creo que era el 123, algo así. Y me quedé dormido. Yo había esperado el colectivo por media hora, cuando subí al colectivo me fui para atrás, que le decíamos ”la cocina“, me senté, me acurruqué y me quedé dormido. Y de repente, no sé si en sueño o qué,  paso por un lugar y siento La Comparsita,  Juan D´arienzo. Y me despierto así, y estaba el colectivo bajando gente en un lugar que yo no sabía cómo se llamaba. Lo único que hice fue tocar la campanita, y me bajé.

Era una milonga que se llamaba El Zonda de Caseros. ¡Mamita querida! Era una milonga que si no entrabas escupiendo de costado, ¡no sé!

Me acuerdo que mi debut en esa milonga no fue nada agradable, porque bailé dos tangos con una chica y vinieron unos patoteros y me patearon los pies.

Me dijeron: -pibe, tomatelás, sino cobrás!-

Y tuve que tomármelas! ¡Te pateaban los pies estos hijos de una gran perra!

Cosa que no sucede hoy. Esa es la diferencia, los pibes de antes son los hombres de ahora; y nos guste  o no nos guste, a mi me encanta ver a los pibes. A veces son medio insolentes, pero no dejan de ser pibes, yo los entiendo.

A veces lo comento con muchos muchachos grandes del baile. Yo digo:- qué.., ¿vos no bailabas cuando eras joven? ¿Qué hacías vos, ibas uno para atrás y uno para adelante? O hacías algunas piruetas, por decirlo de alguna manera…¿Las hacías? Bueno, y entonces ¿qué querés, que no hagan nada?-

Tenés que aceptarlo, la cuestión es que el tango está. El tango tiene vigencia y el tango se baila. Eso es lo esencial. Después, lo demás… y bueno, habrá cosas que nos gusten, cosas que no nos gusten, como hubo, como hay y como habrá.

Pero el tango vive. ¡Viva el tango!